A veces sucede. El lector se enfrenta a una
traducción y descubre no sólo lo que tiene que contarnos el autor
traducido, sino también lo que sobre él tiene que decirnos el traductor.
Algunos podrán pensar que es una injerencia imperdonable. No siempre.
De vez en cuando, nos encontramos con un traductor capaz de darnos una
lección de erudición con naturalidad, modestia y valentía. Es lo que
ocurre con esta traducción de Juan Manuel Macías: se adentra en el mito
para dejar a un lado la leyenda y devolvernos, purísima, una poesía de
una mujer que ha sido desdibujada por el tiempo y los rigores
filológicos, más ocupados en saber hasta dónde llegaba su amor por las
jóvenes Góngula o Dica que en dilucidar el alma -sí, esa palabra tan
denostada-, de una poeta que no ha dejado de ejercer su magnética
influencia a lo largo de los siglos.
La Oficina Ediciones apuesta por recuperar la
traducción que ya hiciera Macías para DVD hace diez años y que ahora ha
revisado para devolver al lector estos versos revestidos de misterio y
certeza. Además de las pocas -pero esclarecedoras- notas a los textos,
el volumen incluye dos artículos, a modo de apéndice, en los que el
traductor y responsable de la edición refuerza su admiración y su
profundo conocimiento de la obra de la de Mitilene.
Safo es la poeta de la pasión, pero también la mujer madura que añora la juventud perdida
Entre las páginas de esta cuidada edición
encontraremos un eco antiguo, apenas un murmullo lejano, que nos hace
volver la vista atrás. Para entenderlo, para disfrutarlo, resulta
imprescindible pararse, dejarse mecer por esa voz, abrir la mente y el
corazón para comprender lo que una mujer del siglo VII a.C quiso cantar
con gracia en sus cálidos epitalamios -compuestos tal vez por encargo- y
decir con pasión, dulzura, furia y desengaño en sus emocionantes versos
rescatados poco a poco entre las nieblas del pasado.
Pocos
son los poemas completos que se conservan de Safo. De hecho, sólo uno
puede considerarse pleno. Del resto de su producción poética se han
recuperado fragmentos más o menos extensos. Algunos de ellos son apenas
retazos: un par de versos sueltos de enorme fuerza y capacidad
evocadora. Otros son hilos sueltos que quizás alguna vez formaron parte
de un bordado exquisito. Macías los recoge en un capítulo aparte, Retales.
"Digo que más de uno se acordará de mí", reza uno de ellos. Y con ese
"digo" la poeta se hace presente. Y además tenía razón, los poetas no
han dejado de acordarse de ella, desde la admiración o la ironía -que no
deja de ser una forma velada de admiración-, como hace Ezra Pound en
estos famosos versos , citados por Macías, en los que remeda el carácter
fragmentario de los poemas de Safo que han llegado hasta hoy:
"Spring... / Too long... / Gongula...".
Safo
es la poeta de la pasión, que le habla a la mismísima Afrodita como si
fuera una igual, que la convierte en diosa terrena a la que pide ayuda:
"Acude a mí también ahora y líbrame / de mis arduos desvelos, y todo
cuanto mi ánimo / ansía que se cumpla, cúmplelo y sé tú misma / mi
compañera de armas" (poema 1). Pero es también la mujer madura que se
lamenta por la juventud perdida, la amante despechada que vuelve los
ojos hacia su madre buscando refugio que sane sus cuitas; la madre que
aconseja a su hija sobre cómo debe adornar sus cabellos. Pero, sobre
todo, es la mujer lúcida capaz de reconocer que la belleza suprema está
en lo que uno ama, en lo que cada uno de nosotros, mortales, somos
capaces de perseguir: "Una tropa a caballo, dicen estos; de infantes, /
dicen esos; y aquellos, que una flota de naves / sobre la negra tierra
es lo más bello; pero / yo digo que es lo que uno ama" (poema 5).
Poeta de la media luz, del crespúsculo, le da la vuelta al epíteto homérico
para invocar a esa luna "de rosados dedos" que es "plata en la tierra".
Ofrece una lección de vida al que sepa comprender, pero también nos da
una lección de estilo en este puñado de versos cándidos y vehementes a
partes iguales y nos conmueve con enigmas encerrados en versos
incompletos, como éste que podría ser principio y fin de una historia
intuida: "No muevas los cantos rodados..." (poema 62).
"Yo
no aspiro a tocar la inmensidad del cielo" (poema 27), nos dice Safo,
pero en esa inmensidad sigue brillando con luz discreta. La arena de los
siglos ha conseguido amortiguar su voz, pero no acallarla. Entre
nosotros permanece unida a sus versos, dispuesta a hablar al que quiera
escuchar, clara para el que quiera entender, alta para hacer presente
una única verdad: "Y anhelo y busco" (poema14).
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